ENTRE LA TRANQUILIDAD Y LA INQUIETUD


Por Soledad Berraondo

Lic. en Psicología.

Especialista en terapia con familias y parejas.

Terapia Sistémica Relacional.


"Nosotros no somos El Ser, sino que somos modos del Ser."

Baruch Spinoza



¿Está bien lo que estamos haciendo?

¿Hay algo más que podamos o necesitemos hacer para estar mejor?

Dos preguntas que nos interpelan y se nos enfrentan permanentemente en el transcurso de nuestra existencia.

Hay a quienes le pesa uno de estos cuestionamientos más que el otro. Hay quienes persiguen alcanzar alguna respuesta más que otra. Hay a quienes les satisface la respuesta en su totalidad y a quienes de una manera parcial. Pero seguramente nadie puede escapar de ambas preguntas o de alguna de ellas.

Tanto la una como la otra operan de una manera muy importante en todas las personas.

La primera, otorga certeza y genera tranquilidad, principalmente nos ilumina respecto de que el camino recorrido es el correcto y nos asegura y determina que las herramientas con las que se cuenta son las adecuadas para transitarlo. Esa certeza nos puede hacer creer que no hace falta seguir buscando o seguir probando otras cosas que nos aparten o hagan cambiar el rumbo encontrado. Lo que estamos haciendo está bien y eso nos reconforta y basta para hacer cumplir nuestro objetivo.

La segunda recorre un sin fin de posibilidades y no agota nunca con alguna respuesta el fin buscado, ya que si lo encontrase dejaría de tener vigencia, utilidad o sentido. Peligra confundirse por el intento de buscar continuamente la zanahoria inalcanzable. No existe tal idealismo o algún posible estado de permanente disconformidad, porque no existe una zanahoria a alcanzar, más bien funciona como el combustible necesario para superar barreras, cambiar y crear otras posibles situaciones mejores y /o distintas, habitar mundos hasta ese momento desconocidos. Se rumbea ya no bajo un estado de tranquilidad y/o un cierto saber, sino bajo una inquietud constante en permanente construcción, en donde es posible experimentar situaciones diferentes en ese recorrido.

Cuando nos toca enfrentarnos a algún tipo de dificultad, cual sea, y tenemos que tomar decisiones estos cuestionamientos se encuentran presentes, ya sea para tranquilizarnos o para movilizarnos a cambiar algo de lo establecido.

Cuando el desafío se refiere a algún problema de salud, alguna enfermedad, alguna limitación en el orden bio psico social, estos cuestionamientos generalmente se transitan y nos atraviesan bajo estados mayores de angustia, y en el intento de querer encontrar las mejores soluciones se hace compleja la búsqueda. Las presiones externas e internas, el sufrimiento y otros estados negativos y debilitantes invaden y desgastan por lo general ese combustible inquietante y curioso pudiendo perder del todo su energía natural, y es a veces hasta inversamente proporcional, el aumento que se produce y la fuerza que cobra El Saber cómo “verdad hegemónica”, a la tranquilidad y al conocimiento científico.

Entra en jugo, muchas veces, con mucha relevancia la búsqueda en primer lugar de un diagnóstico.

Según la definición Diagnóstico (del griego diagnostikós, a su vez del prefijo día - "a través" y gnosis - "conocimiento" o "apto para conocer") alude en general al análisis que se realiza para determinar cualquier situación y cuáles son las tendencias. Desde el campo médico apunta a identificar categorías que permitan comprender el sufrimiento y pensar en medidas terapeúticas que aborden su resolución.

Fácilmente puede caerse en un error muy común y tentador, ya que para algunos resulta de gran utilidad, considerar al diagnóstico, o sólo llegar a aceptarlo, como una manera de rotular, condicionar y cosificar, limitando así posibilidad alguna de producir otros cambios.

Los diagnósticos en ocasiones pueden hacer peligrar la propia individualidad ya que muchas veces tienden a apropiarse de la identidad y de la subjetividad de las personas. Un individuo luego de pasar por un diagnóstico a veces puede pasar a ser otro individuo. Ya no es alguien que busca inquieta y curiosamente sus propios modos de Ser, sino que el sólo hecho de ser diagnosticado lo hace Ser “eso” y no lo que era. Así, un diagnostico por ejemplo, nos puede decir y hacer decir a otros (y a nosotros mismos) que Somos bipolares o Somos Esquizofrénicos o Somos Autistas, etc. y que para eso que Somos hay que hacer una determinada cosa para estar mejor y hay que hacerla de una determinada manera.

Pero ese Ser es buscado y encontrado bajo una mirada general y una perspectiva sistemática, en donde lo que cuentan son patrones de signos y síntomas comunes a un conjunto y no sus propias diferencias. Tampoco busca los distintos modos en que cada Ser habita, ni las singularidades cobran relevancia.

En un mundo donde el Saber científico cobra hegemonía, donde la tranquilidad apacigua estados de malestar, sufrimiento e incertidumbre, los diagnósticos aparecen como maneras de iluminar caminos a tomar y medidas a poner en práctica.

No obstante, el peligro que se encuentra muchas veces presente es cegar y apagar esa fuerza interna motora, curiosa e inquietante necesaria para desafiar lo dado y dejarnos sorprender por otros caminos y prácticas diferentes que emprendamos.

Somos Seres únicos y distintos, y son precisamente esas diferencias las que operan y guían el otro rumbo desconocido y un devenir desafiante que posibilita creativamente nuevos caminos, nuevas miradas y nuevos Modos de Ser.

Hay que cambiar la mirada. No Somos por un diagnóstico de una sola manera, ni hay una sola manera de realizar una práctica. A través de un diagnostico se pueden identificar ciertos patrones que pueden llegar a hacer comprender algunos comportamientos y dar a conocer maneras de actuar efectivas en un momento preciso, y esto es de gran utilidad, pero de ninguna forma puede rotular, etiquetar, ni permitir cerrar posibilidades ni dejar de seguir construyendo, ni impedir crear nuevos rumbos, o nuevos modos de Ser. Es necesario dejarnos sorprender y experimentar cambios continuamente.

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