• C.Romero

¿Qué escuela elijo para mi hijo?

Siempre pensé que la infancia es una de las etapas más importantes de la vida, etapa constitutiva como personas de lo que en el futuro seremos como adultos.

También pienso en el tiempo que un niño pasa en la escuela, que es gran parte del día, con lo cual el espacio escolar termina siendo como el segundo hogar para nuestros hijos.

Teniendo en cuenta todo esto, ¡qué gran responsabilidad tenemos los papás a la hora de elegir una institución que va a ser tan importante en la vida de un hijo!

Esta tarea, se torna más compleja cuando el niño tiene alguna dificultad o bien alguna discapacidad.

Es un tema de conversación permanente entre los grupos de padres, lo difícil de tomar esta decisión, saber qué es lo adecuado, que es lo mejor para cada uno de nuestros hijos.

No podemos soslayar que además las personas estamos llenas de prejuicios y preconceptos respecto de determinadas instituciones.

Tampoco puedo dejar de mencionar que la búsqueda en sí misma resulta a veces desalentadora y hasta angustiante, por las trabas que ponen en el camino muchos colegios a la hora de alojar en un a un niño con alguna dificultad o discapacidad.

Voy a contarles nuestro recorrido con Franco hasta hoy. Fran comenzó el jardín de infantes a los dos años en un jardín maternal muy cerquita de nuestra casa. Le explicamos a la directora que él tenía un retraso madurativo, dado que en ese momento no teníamos aún un diagnóstico concreto. El retraso era evidente, ya que Fran caminaba con gran inestabilidad, mientras que los otros “deambuladores” (así se llamaba la salita) corrían de un lado para otro. En ese momento además, él se manejaba con contadas palabritas. Aún así se las arreglaba para darse a entender.

Comenzó allí, con gran apoyo y apertura por parte de los directivos y docentes de ese Jardín de Infantes la etapa escolar de mi hijo. Quiero remarcar que este Jardín no tenía experiencias previas en “integración”, pero aceptaron a Franco sin problemas.

El segundo año de jardín ya planteó la necesidad de una maestra integradora, dado el número de chicos de la sala y que Fran necesitaba más presencia y más apoyos de las docentes. Y así lo hicimos. Siguió en el jardín con su maestra integradora. Participó con gran alegría de las actividades planteadas, trabajando a sus tiempos y dentro de sus posibilidades. Por supuesto, no se perdió las pernoctadas!!

El tiempo de jardín maternal se agotaba y era hora de buscar un colegio. Me aferré a lo conocido y como ex alumna de un colegio religioso busqué primero por ese lado. Elegimos un colegio que ya tenía experiencias previas “integrando” niños con diversas dificultades.

Así comenzó Franco formalmente el jardín, junto a su maestra integradora, con un grupo de aproximadamente treinta chicos.

Fran siempre fue muy simpático y sociable, con lo cual no le costó mucho hacerse querer y hacerse de amigos. Algunos de ellos hoy en día siguen viniendo a compartir sus fiestas de cumpleaños.

Él, a su ritmo, trabajaba en base a las actividades propuestas y su conducta se adaptaba al grupo sin dificultades. Luego llegó preescolar y lógicamente los tiempos de aprendizaje de Franco eran muy distintos a los del resto de los chicos. Su lenguaje era muy escaso. Había una diferencia muy grande entre lo que él comprendía y lo que podía producir.

Al promediar preescolar se planteó una reunión con los directivos de la escuela, de la cual participaron también algunos de los terapeutas de Franco, de la cual surgió que su nivel de desarrollo cognitivo en ese momento no le iba a resultar posible comenzar primer grado en el colegio, a pesar de contar con maestra integradora. Sin embargo, nos dieron la posibilidad de una permanencia en sala de cinco durante un año más, a efectos de que podamos pensar y buscar tranquilos el mejor colegio para él. Esto pareció razonable. Sin embargo, casi pisando noviembre nos informaron que “ya no se permitían” las permanencias, y que Fran debía pasar a otro colegio al finalizar el año.

Se me vino el mundo abajo. No sabía qué hacer, ni por dónde empezar.

El colegio nos pautó una entrevista en la Dirección General de Escuelas Privadas (DEGEP) para que nos orienten.

En sólo dos meses yo tenía que conseguir una vacante para Franco en un lugar donde pudiera aprender, fuera bien recibido y aceptado.

Colegios “Integradores”, colegios de “recuperación”, colegios “especiales”, “centros educativos terapéuticos”, eran las opciones que parecía haber disponibles.

Pensé que lo más razonable era comenzar por las “escuelas integradoras”, o que por lo menos las que se autodenominaban así.

Habré recorrido cerca de diez escuelas, y ninguna tenía vacante ni un grupo “adecuado” para Franco.

Bueno, dije, sigamos con las escuelas de recuperación, porque Franco comprende muy bien, se comporta bien, es muy sociable,“Fran no está para escuela especial” – pensaba yo.

En medio de toda esa vorágine de entrevistas con y sin Franco, de evaluaciones, preguntas, llamados telefónicos; en medio de tanta angustia y cansancio, se me prendió una lamparita, y apelé a mi persona de confianza, a “la voz autorizada”, a quien fuera la primera terapeuta de Fran y guía para mí como mamá, la especialista en estimulación temprana, Lic. Haydée Coriat. Haydée trató a Fran desde sus ocho meses de edad hasta los cuatro años aproximadamente.

La llamé y le pedí ayuda. Tuve varias entrevistas con ella en las que me hizo pensar y repensar en qué etapa estaba Franco desde lo cognitivo y desde lo madurativo. Me invitó a que trabajara acerca de estos temas con el equipo terapéutico también. Pensamos e imaginamos juntas en qué tipo de ámbito educativo yo imaginaba a Franco.

Ahí me di cuenta de que un grupo reducido y una enseñanza personalizada era lo que mi hijo necesitaba. Una escuela que se pueda adaptar a él, y no al revés.

Siguieron las entrevistas con otras tantas escuelas de recuperación. Fran se sometió a varios días de evaluación en varias de ellas.

Finalmente conseguimos una vacante en una escuela de recuperación, la cual confirmé rápidamente por miedo a que nos quedáramos sin escuela para el próximo año. Eso me angustiaba muchísimo.

Todo parecía ir bien al comienzo, sin embargo, terminamos teniendo una mala experiencia. Fran lo demostraba desde su cuerpo y con sus actitudes que no se sentía a gusto. Desde lo institucional dejó mucho que desear el manejo de los directivos y del personal docente con relación al tema. Siempre era yo la que pedía las reuniones, preguntando que pasaba que Fran hacía esto o aquello. Terminé recibiendo un día una respuesta que jamás hubiera imaginado, además de que mi hijo era el “disruptivo” y el culpable de todos los “desbarajustes” del grupo, que el resto de los chicos le tenían “pánico”, en especial uno de ellos. Imagínense la bronca, la impotencia que sentí ante tanta ignorancia y estrechez de mente, de parte de una institución que tiene la obligación de estar preparada y entrenada para superar conflictos, dado que trabaja con niños con distinto tipo de dificultades. En vez de eso recibimos señalamientos, etiquetas y segregación.

Como podrán imaginar Franco no continuó en ese lugar. Y les cuento además, que el chico que teóricamente le tenía pánico, hoy es uno de sus mejores amigos, a pesar de que van a distintas escuelas.

Franco no la pasó nada bien ese año y yo me sentí realmente mal con esto. Era hora de dejar de lado los miedos y prejuicios y buscar un lugar donde mi hijo pudiera aprender, hacer amigos y sobre todo, disfrutar y ser feliz.

Así comencé mi recorrido por las escuelas especiales. No les voy a mentir, con un dejo de tristeza en mi corazón, por pensar que entonces mi hijo “no estaba tan bien” como yo creía o no era “tan capaz” como yo pensaba.

En esa recorrida habré visitado como diez colegios más, cada uno diferente en algunos aspectos y parecido en el sentido en que en la mayoría me sentí muy contenida y bien tratada. Todos planteaban un esquema de contenidos adaptado a las posibilidades de cada chico, grupos reducidos y enseñanza personalizada. Era eso en definitiva lo que yo había considerado que sería bueno para Franco. En este caso no se planteaban problemas para conseguir vacantes. Así y todo no estaba convencida con ninguno de los que había visitado.

Siempre digo que las cosas importantes las siento en la panza. Cuando entré al Instituto Mi Mañana sentí un gran bienestar justo ahí. Me agradó de inmediato ese lugar colmado de sol y risas. Cada uno de los maestros y directivos que conocí se veían contentos, con una sonrisa, se podía sentir que estaban a gusto con su tarea. Eso me dio una gran tranquilidad. Sentí y pensé: “esta gente ama lo que hace”.

Definitivamente pude imaginar a mi hijo corriendo por ese soleado patio y aprendiendo en esas aulas. Es el cuarto año que Franco concurre a esta escuela.

¿Qué aprendí yo en este recorrido? Siento que a veces hacemos el camino inverso, o equivocado; impregnados de miedos, prejuicios y preconceptos.

Hoy en día considero que esta es la mejor escuela para Franco. Tal vez en otra etapa necesite otra cosa, otro abordaje…no lo sé. Lo que sí se es que el aprende día a día tanto los contenidos académicos que se le presentan en clase, como así también otras cosas importantes de la vida. Aprende a respetar, a relacionarse, a aceptar límites, a compartir, a trabajar en equipo, a ser cada vez más independiente y autónomo.

Como mamá me siento tranquila, creo que aprendí la lección. Creo que pude transitar el camino al derecho y al revés, y poder advertir lo verdaderamente importante. Poder mirar a mi hijo y ver cuáles son sus posibilidades hoy, cuáles son sus necesidades, qué lo puede potenciar, qué le gusta, qué le hace bien, qué lo hace feliz.

Hoy que se habla y se escribe tanto acerca de inclusión escolar, y pareciera que eso implicara que la escuela especial debiera “desaparecer”, creo que hay que abordarlo con mucha cautela. Para que la inclusión deje de ser una palabra bonita pero vacía, hay que llenarla de contenido. Y eso se logra con asignación de recursos, con políticas públicas, con una toma real de conciencia sobre las individualidades de los alumnos, con capacitación docente, con trabajo transdisciplinario, entre tantísimas otras cosas.

Estoy esperanzada en que esta palabra pueda llenarse cuanto antes de contenido, y que las escuelas comunes puedan alojar a niños y niñas con diversos tipos de dificultades y/o discapacidades y así se respete lo dispuesto por la Convención de Derechos de las Personas con Discapacidad. Pero por sobre todo que las instituciones estén preparadas para dicha tarea y los profesionales involucrados y capacitados en la temática.

Pero también creo que deben defenderse y sostenerse las distintas modalidades educativas, como las escuelas de recuperación, las especiales y los Centros Educativos Terapéuticos, y que sean en definitiva los padres, los que elijan que tipo de escuela creen que será la mejor para su hijo. Porque cada chico es diferente, y lo que puede ser excelente para uno puede no serlo para otro.

En definitiva, hoy puedo responderme la pregunta que me hago al comienzo, ¿qué escuela elijo para mi hijo? Elijo la escuela en donde mi hijo se sienta feliz. Porque nadie puede aprender en un lugar donde no sea feliz.

Agradecemos al "Instituto Mi Mañana", que como miembro de GEEEBA (Grupo de Establecimientos Educativos Especiales de Buenos Aires) nos dio la posibilidad de compartir este valioso video con ustedes.


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